Cada 5 de junio, el Día Mundial del Medio Ambiente nos invita a detenernos. A mirar lo que hemos hecho, lo que queda por hacer y, sobre todo, a preguntarnos quién tiene responsabilidad en el cambio. Este año 2026, el lema de la ONU nos recuerda algo que no admite matices: cada décima de grado cuenta.
Desde Ideaspropias Editorial llevamos más de dos décadas apostando por la formación como motor de transformación. Imprimimos todos nuestros manuales físicos en papel certificado PEFC para garantizar que la materia prima procede de bosques gestionados de forma sostenible, impulsamos el e-learning para reducir desplazamientos y emisiones, y construimos contenidos que convierten la sostenibilidad en competencia profesional real. Por eso, en este día, hemos querido ir más allá de los datos y escuchar a quienes trabajan con ella en el terreno.
Hemos reunido a dos voces con perfiles complementarios: Begoña Martínez Escudier, ambientóloga, tutora y autora de especialidades formativas en materias como cambio climático, gestión de residuos y auditoría medioambiental. e Isabel Fernández Domínguez, consultora y formadora sénior experta en Interpretación del Patrimonio y Turismo Sostenible, con más de 20 años de experiencia en proyectos de educación ambiental. Dos trayectorias distintas, una misma convicción.

Begoña Martínez contribuye con Ideaspropias Editorial con su experiencia en áreas tan diversas como la gestión de residuos industriales, la auditoría medioambiental y la educación ambiental. Con más de 15 proyectos editoriales a su nombre, es autora de SEAG021PO Evaluación del impacto ambiental, SEAG002PO Auditoría medioambiental y Gestión de residuos: tratamiento, entre otros.

Isabel Fernández es consultora y formadora experta en proyectos de comunicación patrimonial integral, con experiencia de más de 20 años en proyectos relacionados con la difusión e Interpretación del Patrimonio, la Accesibilidad, el Turismo Sostenible, la Participación y el Uso Público en Espacios Naturales Protegidos. Es autora de HOTU001PO Ecoturismo.
A continuación, compartimos las reflexiones de este encuentro técnico. A través de sus respuestas, Isabel Fernández y Begoña Martínez analizan cómo la Formación Profesional para el Empleo (FPE) y el diseño instruccional consciente se consolidan como las herramientas más eficaces para trasladar las directrices de la ONU a soluciones metodológicas reales y medibles en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente.
La sostenibilidad ya no es una opción estratégica: es la condición de viabilidad
El cambio climático lleva años saliendo del lenguaje técnico para instalarse en las conversaciones del día a día. Lo que antes era territorio exclusivo de la comunidad científica ahora llega a las mesas de la alta dirección, a los planes de negocio y, cada vez más, a los programas formativos.
Isabel Fernández sitúa esa realidad en una coordenada de urgencia: todos los sectores y profesionales tienen que estar involucrados en articular respuestas concretas, «implementando prácticas actualizadas e innovadoras y tejiendo alianzas». No hacerlo, advierte, no es quedarse atrás, «es no estar siquiera en el presente».
Begoña Martínez lo traduce al lenguaje que más resuena en los equipos directivos: la sostenibilidad se ha convertido en «una ventaja competitiva, un eje estratégico que condiciona la viabilidad de los negocios». Desde la formación, sostiene, el mensaje que hay que trasladar al tejido empresarial es que formar talento en materia ambiental no es un gasto en RSC sino «una inversión en resiliencia, innovación y mejor posicionamiento en el mercado».
Formar talento en materia ambiental supone una inversión en resiliencia, innovación y mejor posicionamiento en el mercado.
Begoña Martínez
Cuando la gestión ambiental aterrizó en la cocina, el almacén y la sala de reuniones
Hubo un tiempo en que la gestión medioambiental evocaba fábricas, vertidos y normativa industrial. Ese tiempo ha pasado. Hoy la sostenibilidad habita en las cocinas de los restaurantes, en las oficinas de administración y en los almacenes logísticos. La Formación Profesional para el Empleo (FPE) es, en buena medida, responsable de ese aterrizaje.
Begoña lo explica desde su experiencia como tutora de especialidades del SEPE. La FPE actúa directamente sobre las competencias de las personas, y el compromiso medioambiental «comienza en las decisiones cotidianas de las personas trabajadoras». El reto, matiza, es que ese potencial solo se materializa cuando la formación «abandona el enfoque teórico y apuesta por metodologías activas vinculadas al entorno laboral del alumnado». No basta con incluir un módulo de sostenibilidad en el índice.

Isabel añade una advertencia que conoce bien desde sus años en consultoría. Es necesario distinguir entre integración real y maquillaje verde. Algunas organizaciones adoptan acciones que «solo pretenden dar una imagen de cara al exterior, sin tener en cuenta medidas más estructurales». La sostenibilidad cosmética, en su experiencia, no solo es que no resuelva nada, sino que erosiona la credibilidad de quienes sí trabajan en serio.
E-learning sostenible en el Día Mundial del Medio Ambiente
La formación online reduce emisiones al eliminar desplazamientos, y los datos lo respaldan. El Informe Técnico Ambiental de ANCYPEL, presentado en 2025, confirmó que el e-learning genera una huella de carbono significativamente menor que la formación presencial. Pero ambas expertas coinciden en que esa ventaja no es automática, ni gratuita.
Isabel apunta hacia un aspecto que suele quedarse en el punto ciego del debate. La necesidad de incorporar una mirada autocrítica, tanto en docentes como en alumnado, sobre el propio acto de formarse digitalmente. «Es importante ayudar a establecer interrelaciones entre el consumo de recursos básicos para nuestra supervivencia, como el agua, con el uso de tecnologías cada vez más implantadas en nuestra vida, como la IA». Hacer visibles esas conexiones, dice, es en sí misma una forma de educación ambiental.
Begoña, desde un punto de vista pedagógico, considera que el verdadero valor del e-learning no está en suprimir el aula, sino en la intencionalidad con la que se diseña lo que la reemplaza. Apostar por «manuales claros, estructurados, que eviten la sobrecarga cognitiva» no solo mejora el aprendizaje, sino que reduce el consumo innecesario de recursos digitales. Frente a los cursos extensos y redundantes, defiende metodologías activas —aprendizaje basado en problemas, casos prácticos reales— que logren «ser al mismo tiempo eficaces, motivadoras, accesibles y responsables desde el punto de vista medioambiental».
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Conectar desde la pantalla: el reto de la empatía ecosocial en entornos virtuales
En disciplinas como el ecoturismo o la interpretación del patrimonio, el aprendizaje tiene un componente que ninguna pantalla puede reemplazar del todo: el contacto directo con el territorio, con las comunidades, con lo que tiene peso y olor e historia. La pregunta no es si la formación virtual puede sustituir esa experiencia —no puede—, sino si puede activar algo parecido a la empatía que la hace transformadora.
Isabel lo formula desde el corazón de su disciplina, la Interpretación del Patrimonio. La IP no es un conjunto de técnicas de comunicación sino una metodología que «incorpora los objetivos emocionales en la planificación y diseño de cualquier intervención». El propósito es generar conexiones intelectuales y emocionales que ayuden a comprender el patrimonio, y desde esa comprensión, a querer preservarlo. Para ilustrarlo recurre a una imagen que no deja escapatoria: «Es como si contásemos la relevancia del Guernica solo desde sus características técnicas —tamaño, estilo pictórico, número de figuras— sin nombrar la guerra, la muerte, el caos, el sufrimiento». Una formación ambiental que solo habla de datos, sin emoción, llega menos lejos.

Por qué una transición ecológica que no sea justa no es realmente una transición
Por su parte, Begoña afirma la formación virtual puede hacerlo «cuando logra que el alumnado conecte y se sienta parte de la solución a los problemas ambientales». Las claves, señala, son metodologías inmersivas, conexión del contenido con la vida cotidiana y espacios de aprendizaje colaborativo entre participantes.
La ciencia lleva años documentando algo que la intuición ya intuía. Los impactos del cambio climático no se distribuyen de forma equitativa. Golpean con más fuerza a quienes partían de una posición más vulnerable. Por eso, separar sostenibilidad ambiental de justicia social no es solo un error político, es un error conceptual.
Begoña lo expresa con una frase que condensa bien el argumento: «si la sostenibilidad no es inclusiva, no es sostenible». La degradación medioambiental afecta primero y más a los colectivos más vulnerables, y una transición ecológica que no tenga eso en cuenta no puede considerarse realmente tal.
Isabel profundiza en el concepto de crisis ecosocial, y asegura que lo que vivimos no es solo una crisis ambiental, «las repercusiones son sociales, políticas y económicas». Como ejemplo de esta situación, menciona que las migraciones climáticas ya no son excepcionales: personas que se ven obligadas a abandonar sus territorios por hambrunas, guerras provocadas por sequías.

Desde esa lectura, la educación ecosocial es una perspectiva que «debe impregnar todos los entornos, sectores y contextos, formales y no formales, en todos los niveles y rangos de edad», asevera Isabel. Construir entornos educativos inclusivos implica, además, dar voz a colectivos históricamente silenciados e incorporar una visión interseccional. Un tipo de educación que no es más compleja, dice, sino más profunda y enriquecedora.
Qué hoja de ruta deben seguir los centros que quieren liderar el cambio sin quedarse en el eslogan
La pregunta que más interesa a responsables y coordinadores de centros de formación no es si deben integrar la sostenibilidad —a estas alturas, eso está resuelto— sino cómo hacerlo de forma que tenga calado real.
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Isabel apunta a algo que suele escaparse en estos diagnósticos: el currículum oculto. «No solo transmitimos contenidos; siempre está presente el currículum oculto: las normas, valores y actitudes que nos atraviesan. Este puede tener, a veces, un peso mucho mayor, aunque no siempre lo veamos». La cultura de los cuidados, dice, debe impregnar todo lo que hacemos, desde cómo diseñamos un curso hasta cómo gestionamos los recursos de nuestra organización. Y termina con una imagen que sintetiza su filosofía. «Veo la docencia como semillas que plantamos; no siempre lo vemos, pero, a veces, algunas de ellas florecen».
Begoña cierra este artículo en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente con una hoja de ruta de dos ejes inseparables. El primero, organizacional: los centros necesitan un liderazgo comprometido que evalúe su propio impacto ambiental y establezca planes concretos de reducción de huella en energía, residuos y consumo de recursos. El segundo, curricular: analizar la presencia de la sostenibilidad en todos los programas formativos e incorporarla como competencia transversal, no como un módulo aparte. Y añade una advertencia que merece quedarse: «enseñar sostenibilidad sin practicarla les resta credibilidad».
Veo la docencia como semillas que plantamos; no siempre lo vemos, pero, a veces, algunas de ellas florecen
Isabel Fernández Domínguez
En el Día Mundial del Medio Ambiente, la sostenibilidad también es cosa nuestra
La sostenibilidad no se construye sola, ni desde un solo sector. Se construye cuando quienes forman, quienes diseñan contenidos y quienes gestionan centros deciden que el compromiso ambiental no es un apartado del plan estratégico sino el criterio con el que se toman todas las demás decisiones. Isabel y Begoña llevan años trabajando desde esa convicción.
Hoy, 5 de junio y Día Mundial del Medio Ambiente, cada décima de grado cuenta. Y cada acción formativa también.



